Noche En Oaxaca: El Relato De Una Enamorada

The warm tungsten lights glowed in the streets of Oaxaca de Juarez. The evening unfolded into a black and white scene. It was my last night in the city and the wanderlust passion elevated me to a zealous dimension.

I set out on this journey to fulfill a childhood dream, to grow, to rekindle my zeal for art and this particular set of lens through which I see life and all that surrounds me. I knew it was out there, I just didn’t know what it was. All that I have discovered, I could not have conceived had I not embarked on this adventure. This night, in a unique way captivated me, revived my artistic love. 

I had a double cortado at Cafe Los Cuiles with a friend. My Canon camera lens faced away in front of my eyes and the monochrome pictures I captured lustfully stirred alive my senses.

Sipping my café, I sat by the window frame. I rested my head on the metal bars staring out in front. I contemplated the plaza outdoors, the fountain, people around it, the chatter filling the air. Faces cut in front of my eyes as people passed through the shadows made by the vertical window bars. My café was perfect. The brown sugar danced with the caffeine into the addictive aroma of pleasure. I thought nothing. Taste. Feel. I let myself be taken pictures of. Black and white. Serious portraits. Relax your face. I did. Eyes smiled at the lens in front of me. I stared into the eternity this art captures. Immortality exists.

It was November third. I reminisced. The division of life and death blurred in my recent recollections. The notion of mortality depleted within my being. I recalled feeling like a cloud through the skies of Monte Alban, Mitla, and Atzompa, taking part in the traditions, the ceremonies, the religious practices of la vida y la muerte, sharing life with the families and friends in Tlacolula de Matamoros and in the city. I remembered the Banda, Son Jarocho, and Conjunto Norteño taking turns at el Panteón General on October 31st. Tombstones were adorned with cempazuchitl and cresta de gallo. Our ancestors lived that night through the candlelight, the fragrances, food, through the joy and nostalgia evoked acoustically. A profound meaning of existence had found me.

This evening, I flowed in a mystical wavelength the city carries, one that enchanted me—an effortless chemistry, a romance. No words needed. Just the gaze of my eyes reflected in my lover’s eyes.

It was an ardent affair, this night—a sort of high synergizing with all around. I documented the shadows the crevices the cantera street obscured; channels concealing the memories of all who have traversed this path. Perhaps they too, fell in love.

A scene played out in front of Santo Domingo—the chatter of friends, shadows, laughter, people in love, people arguing for love, music and art. “La Llorona” wept through the accordion; the lyrics resounding in my head.

Ay de mi, llorona
llorona de azul celeste
y aunque la vida me cueste, 
llorona no dejaré de quererte

And even though we weep, the joy of love will never cease. El muchacho playing the accordion lived the song. I seized that moment in a frame. He smiled. Couples knowing no age kissed in front of and behind this melodious stage. Another chavo created a chalk drawing of the ex-convent on a black construction paper. He sat on the sidewalk corner; his tools and other drawings on his side; there, a portrait of a woman. Grounded on the floor, friends exchanged their art, inspiration, their passions. Food vendors infused the air with the smells of tacos, corn, esquite, hot dogs, hamburgers and french fries.

At Cafe La Nueva Babel I drank, cheering to life. I framed the lips that caressed the microphone, a testament of love; a lyrical construction permeating memories, including mine.

Sobre papel
declaro que te extraño
cada amanecer
te haré saber
qué lento corre el tiempo
lejos de tu piel
haré que sepas
de algún modo que te quiero
por si no te vuelvo a ver

Emotions vanish the divide of la vida y la muerte, lost and found, present or absent. I smiled. I celebrated life; the commitment of those who create and elicit presence, communal existence, a shared experience of sentiments—whatever and whichever those are.

I understood the meaning of an artist as a creative perceiver of that which she or he witnesses.

I recognize that I not only observed, I took part in the harmonic formation. This night was my night  as it was for all who engaged in the emotionally evocative construct. This last night in Oaxaca I fell in love with the artists through my lens, through the penetrating gazes; we delved into an inexhaustible moment in time.

I ambled through the night streets; the violence, crime, injustice also present. Ayotzinapa students in my mind. I passed by the red paint on a wall trying to dehistoricize the “FALTAN 43” sign written underneath. I took part of a shared truth—through the shadows, the loves, the pains, those existing in my vicinity, the world.

I have gratitude for those who through their art, their beings, decide to conceive opportunities for others to feel joy for living, so that maybe, just maybe, somehow it will pervade into a revolution of existence, a fight for love, being, to rekindle the connectedness we have with one another beginning by living our shared blood, either inside our veins or bleeding, drenching our world outside.

I choose to live love.

-Rosa Angelica


(Traducción en Español…)

Las luces cálidas brillaban en las calles de Oaxaca de Juárez. El atardecer se desenlazó en una escena de blanco y negro. Era mi última noche en Oaxaca y mi pasión de explorar me elevó a una dimensión contemplativa.

Embarque en esta jornada para acudir un sueño que tenía desde niña, para crecer, y recrear mi pasión por el arte y en particular por el lente artístico de ver la vida y todo lo que me rodea. Sabia que estaba ahi, no mas no sabia exactamente lo que era. Todo lo que he descubierto, no lo podría haber concebido sin no haber decidido lanzarme en esta aventura. Esta noche, en una forma mágica, me cautivo, revivió mi amor de arte. 

Tomaba un cortado doble en Café Los Cuilos con un amigo. El lente de mi cámara Canon se situaba en frente de mis ojos y las fotos monocromáticas que capturaba encarnecieron mis sentidos con profundidad.

Saboreaba mi café sentada bajo el marco de la ventana. Descansé mi cabeza contra las barras de metal y miré hacia afuera. Contemplé la plaza, la fuente, la gente alrededor, la charla que llenaba el aire. Las sombras de las barras de la ventana cortaban las caras que pasaban frente a mis ojos. Mi cortado era perfecto.  Azúcar morena bailaba con la cafeína provocando un aroma de placer. No pensaba nada. Probé. Sentí. Dejé que me tomaran fotos. Blanco y negro. Retratos serios. Relaja tu cara. Lo hice. Ojos sonrieron en el reflejo en el lente frente de mí. Fijé la mirada en la eternidad capturada por este arte. La inmortalidad existe.

Era el tres de Noviembre. Recordaba. Mi más reciente memoria de Muertos desvanecía la división de vida y muerte. La noción de lo mortal se agotaba en mi ser. Recuerdo sentirme como una nube en los cielos de Monte Alban, Mitla y Atzompa, cómo formé parte de las tradiciones, ceremonias, y prácticas religiosas de la vida y la muerte en Tlacolula de Matamoros y en la ciudad. Recordé cómo la banda, el son jarocho, el conjunto norteño tomaban turnos tocando en el Panteón General el 31 de Octubre. Cempazuchitl y Cresta de Gallo adornaban las lápidas. Nuestros ancestros vivían esa noche en la luz de las velas, las fragancias, la comida, por medio de la alegria y nostalgia evocada acusticamente.

Viajaba en una longitud de onda mística que la ciudad escondía, una que me encantó—una química sin esfuerzo, un romance. No faltaban las palabras. Solo la mirada fija de mis ojos reflejados en los ojos de mi amante.

Fue un amor juvenil, esta noche—un cierto tipo de ebriedad que me entrelazó con mi alrededor. Noté las sombras de las hendeduras en las calles de cantera; canales escondiendo memorias de todos los que han atravesado su camino. Tal vez ellos también se enamoraron.

Una escena se llevaba acabo en frente de Santo Domingo—la charla de amigos, sombras, carcajeadas, gente enamorada, gente discutiendo de amor, música y arte. “La Llorona” lloraba por medio del acordeón, la letra resonando en mi mente.

Ay de mi, llorona
llorona de azul celeste
y aunque la vida me cueste, 
llorona, no dejaré de quererte

Y aunque lloremos, la alegría de amar nunca cesará de existir. El muchacho tocando el acordión vivía la canción. Grabé el momento en el margen de mi vista. Él sonrió. Parejas que no conocían edad se besaban en frente y detrás de este escenario melódico. Un chavo creaba un dibujo de gis del ex-convento en un papel negro. Se sentaba en la esquina de la banqueta; sus herramientas y otros dibujos al lado de él. Ahí, un retrato de una mujer. Los vendedores de comida, mandaban al aire los olores de tacos, esquite, elotes, hot dogs, hamburguesas y papas a la francesa.

En Café La Nueva Babel tomé; brindando por la vida. En el marco de mi cámara puse los labios que tocaban el micrófono, un testimonio de amor, una construcción lírica infiltrando recuerdos, incluyendo los míos.

Sobre papel
declaro que te extraño
cada amanecer
te haré saber
qué lento corre el tiempo
lejos de tu piel
haré que sepas
de algún modo que te quiero
por si no te vuelvo a ver

Las emociones sobrepasan el muro de la vida y la muerte, de pérdida y encuentro, de presencia y ausencia. Sonreí. Celebré el vivir, el compromiso de aquellos que crean una estadía lícita, existencia común, una experiencia compartida de sentimientos—sean los que sean.

Entendí el significado de una persona artística como alguien que tiene una perspectiva creativa de todo aquello que percibe.

Reconocí que yo no sólo observaba, sino que también formé parte de esta estructura armónica. La noche fue también mi noche, como la era de todos aquellos que participaron en la construcción evocativa de emociones. Esta última noche en Oaxaca, me enamoré de los artistas a través del lente de mi cámara, a través de las miradas que penetraban. Nos sumergimos en un inexhaustible momento del tiempo.

Caminaba por las calles de noche; la violencia, el crimen, la injusticia también presentes. Los estudiantes de Ayotzinapa en mis pensamientos. Pasé por una pared con pintura roja que trataba de negar la historia pintada sobre el escrito en la pared, “FALTAN 43.” Tomé parte de una verdad compartida—mediante las sombras, los amores, las penas—de lo que existe palpable a mí; el mundo.

Tengo gratitud por todos aquellos que con su arte, su ser, deciden crearse oportunidades para otros de sentir alegría por vivir, para que tal vez, tal vez, de alguna manera esto prevalezca y se vuelva una revolución de existencia, de una lucha por amor, por ser, para encender la conexión que tenemos unos con otros, empezando con poder vivir una sangre compartida, ya sea dentro de nuestras venas o sangrando, esparciéndose por nuestro mundo.

Yo elijo amar.

-Rosa Angelica

 

All images are property of ©Rosa Angelica Castañeda. No reproduction without permission. 

Todas las imágenes son propiedad de ©Rosa Angelica Castañeda. No reproducción sin consentimiento. 

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