“Beauty lies in the eyes of the beholder”: Retos al ir contra la corriente

Balanceaba pensamientos y emociones mientras aseguraba no tropezarme sobre las piedras grises en las calles de la colonia Benito Juarez. Caminaba sonriente después de ver lo contenta que se puso mi Tía Tere al visitarla. Pero esa alegría se estremecía con las palabras que retumbaban en mi cabeza de algunos de mis familiares, “Como que dejaste tus trabajos, ¡hijoles! Tú ayá en EU ya tendrías un carro, tu propia casa.” Varias veces me ponía a explicar, pero el atento fútil en que otra persona te entienda te cansa; nadie podrá comprender—emocionalmente, psicológicamente, o en cualquier sentido— porque simplemente no son tú. Pero te quedas con las palabras que truenan en tu cabeza, que te retan en ese instante.

Crucé el templo y volteé a mi mano derecha. Reconocí a la señora que camina hacia mi.

“Rosy…” Sí, como no va ser ella si la conozco desde niña. Ella me miraba de seguro preguntándose quien era y como la conocía. “Soy hija de Erasmo y Anarosa,” dije, realizando los diez años desde la ultima visita a su casa.

“Ay mi’ja!” me dijo sonriendo dándome un abrazo y preguntando por mis papas. “Que gusto verte. Vente, vente, vamos a que te vea Toño.”

Al entrar a su casa, era como si entrara otra vez siendo niña, con esa intriga por la creatividad de la estructura de las casas Mexicanas. El patio a media estructura siempre se me hizo fascinante. A mi mano derecha entré a su sala. Aun colgaba el oro y rojo aterciopelado cuadro de Carlos en su primera comunión, vestido de blanco, su tez palida, labios rosas y cejas gruesas color cafe oscuro. A el lado de eso, el retrato de bodas de Toño y Rosy. Ellos se miraban igual de como los recordaba. Todo era igual que siempre, todo.

La amistad que mis padres entablaron en su colonia mucho antes de que yo naciera o se movieran a EU aun se presenciaba con Toño y Rosy. Hablamos de la universidad, de nuestro interés y trabajo común en los medios—en su juventud, Rosy fue reportera y locutora de radio.

Entre la platica surgió la razón de mi estancia en Mexico. Platicamos de la esencia de vivir—de hacer algo que siempre has querido, el hacer eso el centro de tu vida, de poder tomar riendas de quien eres. Conversamos sobre sistemas que intentan definir, moldar, reprimir y silenciar la comunidad.

Les platique sobre la ansiedad que sentí algunos meses atrás con todas las responsabilidades en las que me sometía para ahogarme. Ya no sabia que hacer con mi tiempo libre—el poco tiempo libre—trataba de empacarlo con todo lo que pudiera encontrar. Había olvidado el placer de la soledad para pensar, contemplar, descansar y simplemente ser.  Ya no dibujaba ni escribía. El lente artístico por cual un paisaje, o una simple conversación con un “extraño” me inspiraba a crear—ya no estaba.  Ansiedad ahorcaba el tiempo para nutrir esa inspiración. “Debería verme con mas personas para consultar carreras. Necesito buscar escuelas para posible maestrías. No le he llamado a mi madre. Manda el correo electrónico a Susan.” En fin. Siempre he tenido una ambición por ser más. ¿Pero que significa ‘más’?

Me ponía a pensar. Tal vez sí. Hubiera hecho una maestría después del bachillerato, hubiera escogido un solo camino y tendría un trabajo estable en este momento, tal vez tendría esposo, un hijo y medio, y una casa con el pasto del jardín a 1.5 pulgadas de largo y nada mas. Sí. Hijoles. Me hubiera quedado. (Sarcasmo.)

Al platicarles mi sentir, el Señor Toño me respondió con este apólogo:

Había un hombre que vivía en la costa. Era pescador como muchos otros en su pueblo. Se levantaba antes de salir el sol. Pescaba con las redes que tenía y llenaba su barca. Después de su pesca, llegaba al mercado en el pueblo y vendía su pesca del día. Al salir el sol, el hombre ya había terminado su trabajo e iba rumbo a casa a descansar. 

Un extranjero que lo obserbaba se le acerco una mañana en camino a su casa y le dijo, “Oye, veo que desde muy temprano te vas a tu casa. ¿Por que no sigues trabajando durante el día?” 

El hombre respondió, “Pesco lo que necesito en la mañana y lo que vendo es suficiente para estar bien y mantener a mi familia.”

“No mas imagina si trabajaras todo el día. ¡Ganarías lo doble, lo triple que ganas ahora!” El extranjero trataba de converncerlo.  “Después de unos años, podrías ahorrar para comprar un barco y abarcar mas pesca, ya que podrías meterte más lejos en el mar. Después de eso, con lo que ganes, podrías comprarte mas barcos. Tendrias lo suficiente para después poder descansar a gusto sin preocuparte.”

El hombre lo contempló. Calculó que en unos 30 años podría lograr todo eso—tendría un barco, muchos barcos…

“Pero si yo ya estoy descansando desde ahorita,” le respondió y siguió rumbo a su casa a descansar. 

Sonreí y me carcajeé. Estoy en Mexico entablando conversación de la vida con personas con las que solo observaba platicar con mis papás de pequeña. Su apólogo toco exactamente esa ilusión Americana—de tener más, muchas veces en un sentir material donde la vida se hace abstracta. Hay una presión de vivir una vida con un camino ya empavimentado, vivir un camino recto. Pero la naturaleza no es así, la vida no es linear, tiene cerros, piedras, rios, a veces la corriente es lenta, a veces te estremece. Siempre me sentí incomoda cuando alguien intentaba definirme, en vez de respetar mi derecho de definir mi propio y muy mío ser. Quiero conocer más y no puedo traicionar mi propia esencia de donde surge la felicidad por vivir. No puedo competir con las expectaciones sociales, porque entonces habré perdido, y no por ir contra la sociedad, pero por ir contra mi misma. Claro que todo trae sus consecuencias, pero la vida es muy corta para vivir afuera de lo que sentimos. Hay que trabajar para el mañana, pero si no se puede disfrutar el esfuerzo de hoy, tal vez nunca sabremos el placer de sus frutos si el mañana no llega.

Muchas veces no me siento Americana y tampoco en todo el sentir, Mexicana, no quepo en una categoría, no quepo en un lenguaje. Soy más que eso.

Sentada en el sillón de la casa de Rosy, a mi derecha estaba el mismo tocador de madera adornado con fotos de Carlos, estampitas religiosas y un espejo. Eh ahí mi reflejo. Algo sí cambió.

Arte por Damian García.  ©Damian García 


(English translation)…

I balanced thoughts and emotions as I made sure I didn’t trip over the uneven grey cobble stone of the Benito Juarez neighborhood. I walked smiling after seeing the joy on my Tia Tere’s face with my visit. Yet, that delight clashed with the resounding words in my head of some of my family members, “How did you leave your jobs? ¡hijoles! Over there in the US, you could have a car, your own house.” At times I begin to explain, but the futile attempt of someone else understanding you gets tiring; no one will ever fully understand—emotionally, psychologically, and in any aspect—because they simply aren’t you. Yet, you’re left with the resounding words in your head, challenging you that very moment.

As I crossed the church, to my right, I recognized the lady walking towards me.

“Rosy…” I called to her. Of course it had to be her. I know here since I was a little girl and besides, she has my name. She looked at me confused, probably wondering how I knew her. “I’m Erasmo and Anarosa’s daughter,” I told her realizing the ten years between now and the last time I saw her.

“¡Ay mi’ja!” she said smiling and giving me a hug. “It’s a joy to see you. Come, come, so that Toño can see you.”

I entered their home as if it was me as a little girl again, with the intrigue for the creative and diverse structures of Mexican homes. The garden and patio was in the middle of their house. I entered the living room to my right. There on the wall still hung the gold and red velvet framed portrait of Carlos on the day of his first communion—dressed in white, his pale skin, rose colored lips and thick brown eyebrows. Next to Carlos’ portrait hung Rosy and Toños wedding day picture. They, too, also looked exactly the same as I remembered. Everything was the same. Everything.

I can still feel the friendship and respect that Toño and Rosy had with my parents before they left to the US, and before I was born. We spoke about college, and our common interest and work in media—in her youth, Rosy, was a journalist and a radio spokesperson.

During our conversation the reason for my stay in Mexico came up. We spoke about the essence of living—of doing what you most desire, of making that the center of your life, to take the reigns and decide what you are. We spoke about systems that try to define, mold, oppress, and silence the community.

I spoke to them about the anxiety I felt a few months back, with all the responsibilities I threw upon myself. I was a prisoner of my free time (the little I had)—I had no idea what to do with it. I had forgotten the pleasure of solitude, to think, contemplate, rest and simply be. I ceased to draw and write. My artistic lens through which a simple walk in my neighborhood, or a conversation with a “stranger” inspired me to create—it was gone. Anxiety choked the time to nurture that inspiration. “I should schedule more coffee dates with people who could tell me about possible careers. I need to check out other schools. I need to call my mother. Send the email to Susan.” And so on… I’ve always had a vice for more. But what does ‘more’ really mean?

I would begin to think, perhaps that could have been. I could’ve done a masters after my bachelor’s. I could have chosen a simple path and one stable job. I’d have a husband, a kid and a half and a house, with the yard grass at 1.5 inches above the ground, and no more. Yes, I should have stayed. (Sarcasm).

Speaking to them about this, el Señor Toño responded with this story:

There was a man who lived by the coast. He was a fisherman like many other men in the pueblo. He woke before sunrise. At sea, he fished with his canoe and fishnets he had. After, he went into town to sell his work of the day. (pesca). Before the sunrise, the man had finished his work and was on his way home to rest. 

An outsider who observed him came up to him one day on his way home and asked him, “Hey, I see that you leave home very early. Why don’t you keep fishing during the day?”

The man responded, “I fish and what I sell is enough to support my family and live comfortably.”

“Just imagine if you worked all day. You’d have double, triple of what you earn now!” The outsider tried to convince him. “After some years, you’d have enough saved up to buy a boat and fish more. After that, with what you earn, you could buy more boats. You’d have enough to rest after that and not worry.”

The man contemplated the idea. He calculated that in 30 years he could accomplish this—he’d have a boat, many boats…

“But I am already resting since now,” the man replied and continued to walk home. 

I smiled and then laughed. I am in Mexico enjoying a conversation about life with people who I only observed as a little girl while they spoke with my parents. The story spoke exactly about that illusion of the American Dream—of having more, and many times, in a materialistic sense, where life becomes an abstraction. It touched on the pressures of living a concrete paved life, a straight path. Nature is not that way. Life is nonlinear. It has mountains, rocks, rivers, sometimes the current is slow, sometimes it takes you. I always felt uncomfortable when someone tried to define who I am instead of respecting my God given right to define myself. I want to know more, see more and I cannot ignore this thirst for the joy of living. I cannot compete with societal expectations of me, because then, I would have lost, and not against society, but against myself. Of course everything comes with consequences of decisions made, but life is too short to be living anything outside of what you feel. Let’s work for tomorrow, but if we cannot enjoy the work now, we may never indulge in it if tomorrow does not come.

At times I don’t feel American and not in all senses Mexicana, I do not fit in a category, I do not fit in a language. I am more than that.

Sitting on the sofa in Rosy’s house, to my right was the same wooden dresser decorated with Carlos’ pictures, religious cards and a mirror. There, my reflection. Something did change.

Artwork by Damian García. ©Damian García

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