Lo Que Nos Une: Reflexiones de mi experiencia con mi abuelo

El olor a queso seco y canela recien cocida impregnan el aire y mi ropa. Como mi tostada de frijol con guacamole, chile y mi queso seco asado en el comal. Durante la cena, escucho a mi abuelo contar de cuando se perdió en un aguacero y se fue rodando con una piedra bajo un barranco, para que después llegara a su casa para encontrar a su mamá y tías ya rezando el rosario para que Dios lo tuviese en su gloria. Compartimos unas buenas carcajadas. Acabo de tomar mi canela con leche. Después de una larga charla, les doy las buenas noches con un abrazo y una sonrisa en mi corazón.

Hoy fue el primer día que documento los escritos e historias que cuenta Guadalupe Castañeda Rivas. Mi abuelo escribe sobre su experiencia creciendo en Milpillas de Allende.

Sus temas consisten en la política, religion y vida cotidiana en el pueblo—entre eso, su experiencia de Bracero en el Norte. Por gran parte, vine a México a documentar en video sus escritos. Con la afinación a la escritura y después periodista en la Universidad de California en Santa Cruz, desarrollé la pasión por la documentación y su importancia en la preservación como elemento importante para descifrar, entender cómo nuestra sociedad evoluciona—situación que afecta nuestro presente, nuestras vidas y experiencias.

Después de comer, I created my set. Saqué mi cámara, tripod, micrófonos, grabadora de audio y unas cuatro sillas de madera. Me ubiqué en el jardín frente de la sala con la puerta de madera y de las macetas de mi abuela encima de la barda de su huerta. A las cinco de la tarde el sol iluminaba el ambiente como un ligero beso sobre un rostro en siesta. Era la hora perfecta para grabar afuera.

Mi abuelo se sentó en la silla—le puse el micrófono, y lo senté con su cuerpo diagonal a unos cuantos pies frente a la cámara. Acerqué su rostro en el cuadro. Sus líneas definidas de expresión en el lente de 50mm acertaban el enfoque. I tested the audio and all was set to go. No lo podia creer, seis meses después y aquí estoy, en México haciendo lo que dije que vendría hacer. La adrenalina corrió por mi cuerpo—qué emoción sentí.

“Ah que mi muchachita,” me dijo Papá Guadalupe después de enredarlo en cables y rodearlo de tantos aparatos. “No se ocupa, Mi’ja.”
Antes de llegar a México ya le había contado de mi proyecto.
“Es importante, Abuelito, y si se puede, ¿Por qué no?”
“Con gusto lo hago entonces.”

Aunque mi abuelo es conservativo en sus expresiones y emociones, su narrativa sobre su experiencia de Bracero estaba llena de un sentimiento fuerte que lo inspiró a la edad de 21 años. “Me llegó la ilusión de ir a Estados Unidos de America a ganar dinero para comprar unos zapatos y una chamarra de cuero, era mi ilusión,” cuenta en su narrativa. Mientras contaba, presencié una sonrisa, ilusión y nostalgia en sus ojos.

In my 20’s, like him, I came to fulfill mi ilusión, pero esta vez yo al sur de la frontera en la misma casa donde él decidió cruzar para el Norte.

Nunca fui tan apegada con mis abuelos. Con la mamá de mi mama en Estados Unidos, íbamos cada ocho días, pero aun así, solo convivía con mis primos y no tanto con ella. Mi abuelo materno murió mucho antes de que yo naciera—mi madre apenas lo alcanzó a conocer. En México, a los padres de mi papá, los veía cada año de pequeña y recientemente cada otro año y solo por varios días. Pero el amor de mi abuelo era como una dosis muy fuerte de medicina que te bastaba todo el año para no enfermarte. El sólo recuerdo del primer instante al ver a mi abuelo revive un sentimiento que me llena. Es casi como repetir cierta escena de una película, exactamente la misma cada vez.

Pedregal en Milpillas © Rosa Castañeda 2012

Pedregal en Milpillas © Rosa Castañeda 2012

Recuerdo que salíamos de Guadalajara en el bocho blanco que usa toda la familia. El primer sábado de estar en Guadalajara, madrugábamos para empacar y después ir a Aurrerá Bodega a comprar mandado para llevar al rancho. Mi papá, mamá, hermana y yo sofocábamos el bochito hasta que las cosas casi se cayeran por las ventanillas y nos íbamos rumbo norte a la tierra colorada por la carretera 23. Tres horas de camino entre el enredo de carretera y cerros, y casi vomitando (algunas veces sí) entrábamos al pedregal rojizo de Milpillas. Pasabamos la refaccionaria de Ricardo, la tienda de Jorge, los caballos “parqueados” en la esquina, dábamos una izquierda, bajábamos por el arroyito, después de ver la casa de mi Nino, a mano izquierda se encontraba el gran portón verde. Salía del bocho mi madre para abrir. Todavia no apagaba el carro mi papá cuando las puertas de madera de la sala se abrían. Y siempre, siempre salía Papá Guadalupe con una sonrisa para abrazarnos.

“¡Ah que caray, ya están aquí mis muchachitas!”

© Rosa Castañeda 2014

Puertas de Madera © Rosa Castañeda 2014

A la edad de 5, 7…18, 21, y esta vez de 24, tengo la bendición de ver a mi abuelo salir de esas puertas, cruzar el jardín, y darme una calurosa bienvenida.

Mi abuelo siempre mostró interés por lo que hacía, por lo que era.  Recuerdo que una vez se acercó hacia mi hermana Laura y a mi mientras escuchábamos música de nuestro Sony CD Player sentadas en la barda de ladrillos al lado de su huerta de árboles frutales.

“Qué escucha Mi’ja?” nos preguntó.
En alguna de esas veces le enseñamos el cover the Avril Lavigne, su segundo album donde el único color era rojo entre la escala de blanco y negro de la portada.
“Y eso le gusta a mi’ja?” volvía a preguntar hechando una suave carcajada.
“Sí, Papá Guadalupe,” le respondimos mientras, “Just freak out, let it go,” aturdía nuestros oídos.
“Ah que pues mis muchachitas. Eso es, lo que a ustedes les guste.”

 Rosa Angelica, Papá Guadalupe, y Laura Gabriela en Los Sauces © Rosa Castañeda 2012

Rosa Angelica, Papá Guadalupe, y Laura Gabriela en Los Sauces © Rosa Castañeda 2012

Los detalles tal vez se borren, pero el sentimiento que esos momentos provocan aun se sienten al recordar dicha persona.

Cada vez regreso a Mexico en una nueva etapa de mi vida, con nuevos gustos que serán infiltrados por la cultura popular  Mexicana del momento y la forma de vivir de todos mis familiares. Así retornaba a casa, con una identidad nueva que se forma al vivir tiempo en la tierra de mis padres y con un hilo que va cociendo mi identidad sobre un solo piso dividido por una frontera que crea diferentes mundos.

I came to México in great part to do this project. Now that I have spent time with my grandparents, the perspective changes angle. In any situation, relationship, experience, one may approach it with a self-instilled definition, but that purpose only exists in your head, an illusion of a reality we create with what we perceive and what we think. Then it hits you; sometimes much later or with a sharp shift of scene that that purpose was merely the soft skin of the heart covering the underlying rythym, fluidity, breath giving you vida. I have received so much love and nurturing that I never felt before from my grandparents.

I step out of the kitchen into the night. I stand still over the red-dusted pavement of my grandparents garden. The crickets hiding in the trees fill the darkness with their sounds. I look down at my shadow in the illuminated starry sky. Particular words of my 90 year-old grandfather that day resound within me, “La vida es un largo sueño.” (Life is a long dream.) I look up. And there, surrounded by the eternity of the universe, the moon in full splendor. Sonrio en la luz de la luna nueva.

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